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dimecres, 12 de novembre del 2014

A quien interese

Aunque la lengua en que habitualmente escribo los artículos en este blog es el catalán, dado el mucho interés que tengo en que el artículo que ahora inicio pueda ser entendido por el máximo número de personas de habla castellana posible, en atención a ellas me he decidido a no seguir mi costumbre y usar la lengua de Cervantes. Dicho lo anterior, entro en materia.
De un tiempo a esta parte me he percatado de que fuera del territorio catalán la única información relacionada con lo que se ha venido en llamar el Proceso de Independencia de Catalunya que llega al público general es la que procede de los medios de comunicación en manos de sus adversarios. Permítaseme, pues, que, en calidad de residente en Cataluña, dé mi versión de los hechos según mis apreciaciones personales, susceptible, por supuesto, de estar igual de sesgada que la que intento rebatir.
En primer lugar, a diferencia de lo que se dice en los periódicos y las televisiones de fuera de Cataluña, todo este movimiento no se ha generado en ningún despacho de ningún político. Al contrario, es la cristalización de un estado de ánimo de la población que se ha ido forjando a lo largo de mucho tiempo y que precipitó una sentencia del Tribunal Constitucional dictada en 2010, percibida como injusta y hostil a causa de la falta de legitimidad de sus componentes quienes, no lo olvidemos, estaban pendientes de renovación desde hacía meses. Sin embargo, si queremos entender todo lo que ha sucedido y está sucediendo, necesitamos ir a la raíz de la cuestión: el encaje de Catalunya dentro de España.
Desde hace ciento cincuenta años, el catalanismo político ha querido encontrar la manera de encajar el punto de vista catalán en la política española. Sin embargo, a pesar de sus denodados esfuerzos, la única respuesta que, una y otra vez, ha recibido por parte de los gobernantes españoles ha sido de menosprecio y agresividad. Tanto es así que, ya a principios del siglo XX, Joan Maragall respondió con su conocidísima "Oda a Espanya", en la que le reclamaba que se tomara la molestia de escuchar a alguien que le hablaba en una lengua distinta del castellano. Es decir, le pedía que admitiera que podía haber otras maneras de ser español que no fueran de matriz castellana.
Un primer intento de encontrar ese encaje se materializó en la creación en 1914, hace un siglo, de la Mancomunitat de Catalunya. Desgraciadamente, la alegría duró poco. En 1923 el golpe de estado liderado por el general Primo de Rivera truncó el camino emprendido y desembocó, entre otras consecuencias, en la disolución de la Mancomunitat y la prohibición de cualquier signo de identidad catalán. Primera frustración.
Con la Segunda República, aunque con incidentes, parecía que la cuestión se volvía a encarrilar. Pero el estallido de la Guerra Civil y la posterior dictadura del general Franco hicieron que aquel segundo intento quedara en nada. La represión y la persecución de todo lo que olía a catalán fueron feroces; hasta el punto de que quien hablaba en catalán podía ser objeto de agresiones físicas (mi madre y un bisabuelo mío recibieron sendas bofetadas por este motivo). Sólo se aceptaría una visión folclórica de la catalanidad, la de la alpargata y barretina, según la cual ser catalán quedaba reducido a poco más que un pintoresquismo. Aunque matizado por los intereses de la política internacional, este estado de cosas se prolongó hasta la muerte del dictador en 1975. Segunda frustración, más intensa y grave que la anterior.
Con la aprobación de la Constitución de 1978 parecía que, finalmente, sería posible encontrar una salida al atolladero en que se encontraba el encaje de Catalunya dentro de España. El año anterior Adolfo Suárez había firmado un decreto reconociendo la Generalitat republicana, entonces presidida por Josep Tarradellas, como la institución de gobierno de los catalanes heredera de la legitimidad histórica. Como bien es sabido, en su redactado la Constitución recogía, aunque sin hacer mención explícita del hecho, la existencia de vascos y catalanes como hechos identitarios específicos e históricos y les otorgaba el derecho a gobernarse de forma autónoma mediante la aprobación de los respectivos estatutos de autonomía. En el caso catalán, en 1979 se aprobó y refrendó el Estatuto de Sau.
Sin embargo, los hechos del 23 de febrero de 1981 plantaron la semilla de una nueva frustración. Poco después, como reacción a aquel intento fallido de golpe de Estado, las Cortes aprobaban la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico, conocida como la LOAPA, que representaba un paso atrás en el proceso de reconocimiento de las distintas identidades en el el Estado y un duro recorte a las aspiraciones de autogobierno catalanas, a la par que implicó el hecho de que se empezara a desdibujar el modelo de Estado que se había establecido con el pacto constitucional. Como era de esperar, la Generalitat la recurrió ante el Tribunal Constitucional quien, en buena medida, le dio la razón. Con todo, el daño ya estaba hecho y las expectativas de autogobierno volvían a quedar recortadas. Tercera frustración.
Con el paso del tiempo, el Estatuto de Sau fue revelándose insuficiente para dar cobertura a las nuevas necesidades que habían surgido y fue necesaria la redacción y aprobación de un nuevo Estatuto. De manera similar, las otras autonomías se fueron dando cuenta de que también necesitaban reformas en sus respectivos estatutos. En consecuencia, se inició un largo, tedioso y extenuante proceso que, en 2006, desembocó en la aprobación en el Parlamento y en las Cortes, así como el refrendo popular, del Estatuto de Miravet.
Y llegamos al punto donde comenzaba este escrito. Entre tanto se seguía el proceso de aprobación en las Cortes, el Partido Popular, con su presidente Mariano Rajoy a la cabeza, inició por toda España una campaña de recogida de firmas «contra el Estatuto de Catalunya». Es decir, cometió la irresponsabilidad de desatar una ola de anticatalanismo como nunca antes se había producido desde la muerte del dictador. Como resultado, recogió cuatro millones de firmas que, de manera bien ostensible, depositó ante el Congreso de los Diputados.
Poco después de que aquel Estatuto fuera refrendado por el pueblo catalán y, como quien dice, con la tinta todavía fresca, el mismo Partido Popular lo recurrió ante el Tribunal Constitucional quien, después de cuatro largos y exasperantes años de deliberaciones, actuó como si de otra cámara legislativa se tratara y en la primavera de 2010 acabó declarando inconstitucionales once artículos y forzando la interpretación de otros veintisiete; lo que representaba un severo recorte al texto que había salido aprobado por tres cámaras legislativas y un referéndum. Huelga decir que las circunstancias en que se dio dicha sentencia (tan largo periodo de deliberaciones y, sobre todo, la falta de legitimidad de sus miembros por estar pendientes de renovación desde hacía ya casi un año a causa de los impedimentos que ponía el PP, así como el hecho de que otros estatutos reformados posteriormente incluían artículos calcados del Estatuto catalán que no fueron impugnados) desataron una fuerte reacción popular en Catalunya.
Así las cosas, el 10 de julio de aquel mismo año, bajo el lema «Nosaltres decidim» (“Nosotros decidimos”), se convocó la manifestación más multitudinaria que se había dado desde que se convocara aquella contra la participación de España en la guerra de Iraq. La participación estimada alcanzó, según fuentes de la Guardia Urbana de Barcelona, el millón y medio de personas y estuvo encabezada por el Govern de la Generalitat en pleno, presidido entonces por el socialista José Montilla.
Es preciso destacar que Montilla, cuya carrera personal ha demostrado que está libre de toda sospecha de independentismo, en un claro vislumbre de los acontecimientos a venir, declaró que, si España no hacía caso de las reclamaciones de Catalunya, ésta acabaría por caer en la desafección hacia el Estado. Los hechos le han dado la razón. Aquello representó para muchos catalanes, entre los que me cuento, el detonante de la desconexión afectiva del Estado  español. 
Con todo, los sucesivos gobiernos del Estado no han cejado en un intento cada vez más evidente de recentralizar la Administración, laminando una y otra vez, mediante subterfugios y argucias legales o incluso de forma descarada y a plena luz del día, aquellas competencias que en Catalunya se consideran básicas para preservar su identidad como pueblo.
Como muestra de ello baste la cita de una declaración del Ministro Wert en sede parlamentaria durante el proceso de debate de la ley de educación que lleva su infausto nombre: «Hay que españolizar a los niños catalanes». Véase también aquellas declaraciones del ínclito Presidente de Extremadura, la comunidad autónoma más subvencionada y con un índice de funcionarios por habitante más elevado de todo el Estado, según el cual «Catalunya cobra y Extremadura paga». O la desfachatez con que el Ministro Montoro trata al Conseller Mascolell cuando de discutir las dotaciones presupuestarias y los déficit autorizados se trata.
Huelga decir que a todo ello se ha añadido el retraso pertinaz en la publicación de las balanzas fiscales desglosadas por comunidad autónoma. Según estimaciones, el déficit fiscal de Catalunya es de 16.000 millones de euros que van a las arcas del Estado y que no vuelven. Esto equivale a un 8% del PIB de la Comunidad Autónoma. Con solo la mitad de ese porcentaje de déficit, otras regiones europeas ya ponen el grito en el cielo. Y luego, la Generalitat, faltada como está de fondos porque el Gobierno central no le permite acceder a los mercados de capital, tiene que acudir al rimbombantemente llamado Fondo de Liquidez Autonómica, quien le entrega una parte de los fondos que salieron de Catalunya a cambio de adornar el pago de la devolución (sic) con unos suculentos intereses. Por no hablar del déficit de inversiones en infraestructuras que está llevando al borde del abismo al sistema ferroviario de cercanías o el incumplimiento de los acuerdos con la concesionaria Hutchinson, por los cuales el Ministerio de Fomento se comprometía a abrir un enlace ferroviario de calidad y ancho de vía internacional desde la nueva terminal de contenedores del puerto de Barcelona; o las constantes idas y venidas para evitar obedecer las indicaciones de la Comisión Europea con respecto de la urgencia y necesidad del corredor ferroviario del Mediterráneo
Es decir, detrás de cuernos, palos. Y así una y otra vez hasta la saciedad, habiéndonos de oír que Catalunya es la Comunidad Autónoma más insolidaria y la más favorecida por el Estado. Aderezado todo ello con la acusación de ser la más endeudada, obviando que es la que más competencias de gasto social transferidas tiene y, por lo tanto, la que más obligada está a cubrir sus gastos si no quiere dejar desatendidas a centenares de miles de personas que confían en sus prestaciones asistenciales o económicas para sobrevivir con un mínimo de dignidad.
Resumiendo, hasta fines del siglo XX, cada generación de catalanes obtuvo su dosis de frustración con España. Incluso una ni siquiera pudo llegar a abrigar esperanza alguna de arreglo. Desde el año 2000, no estamos hablando de una frustración para cada generación, sino que el berrinche ya es continuo. Desde que José María Aznar iniciara su segunda legislatura, la situación entre España y Catalunya no ha hecho otra cosa que empeorar a causa de los continuos desplantes por parte española.
Hablábamos de la manifestación del 10 de julio de 2010 que encabezó el Govern en pleno. En 2012, la población, harta ya de tantos desmanes, a través de la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, ambas organizaciones surgidas de la sociedad civil y sin subvenciones públicas de ningún tipo para no tener que renunciar a su autonomía de criterio, convocó una nueva manifestación con motivo de la Diada del 11 de septiembre, con el fin de iniciar el proceso de obtención de la independencia. Daba la casualidad que, dos días después, Artur Más, presidente de la Generalitat, tenía previsto reunirse en Madrid con Mariano Rajoy, presidente del Gobierno.
En aquella reunión, Mas le sugirió a Rajoy el inicio de negociaciones para llegar a un pacto fiscal de características similares al Convenio navarro y el Concierto vasco. La respuesta de Rajoy fue un no rotundo y un portazo en toda regla. En consecuencia, Mas, haciendo uso de sus prerrogativas, convocó elecciones anticipadas y se eligió un nuevo Parlament, el que ahora está en activo, con una clara mayoría soberanista y un claro mandato de conseguir la celebración de un referéndum sobre la independencia acordado con el Gobierno del Estado.
El año siguiente, nuevamente con motivo de la Diada, la movilización ciudadana volvió a ser espectacular. Inspirándose en la Vía Báltica, la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural organizaron una cadena humana que siguió el recorrido que va desde la frontera francesa en El Pertús hasta el puente sobre el Sénia, al límite con la Comunidad Valenciana en Les Cases d’Alcanar. El objetivo parecía difícil de conseguir, cuando no imposible. En cambio, estimaciones de las autoridades cuantificaron la asistencia en más de millón y medio de personas. La organización fue impecable, casi germánica. Los desplazamientos llegaron a ser de centenares de kilómetros, con el único fin de ocupar un trozo de carretera y luego volver al lugar de residencia habitual. Asimismo, el ambiente fue festivo y cívico y es de destacar la ausencia total de incidentes; una constante en el movimiento independentista a pesar de que desde las filas españolistas se afirme lo contrario y se lo acuse de crispar y dividir.
Tras aquel éxito de organización y participación, en abril de 2014 se intentó la vía del voto en las Cortes Generales para la cesión de la competencia exclusiva del Estado para convocar referéndums. Por toda respuesta se recibió un sonoro portazo en las bruces. En consecuencia, visto el mandato electoral, se buscó la vía de una consulta no vinculante formulada según la legislación autonómica.
Entre tanto el Parlament debatía la Ley de Consultas No Refrendarias, las dos organizaciones civiles anteriormente citadas, junto a la Associació de Municipis per la Independència, volvieron a convocar a la población para que la Diada de 2014 llenara las dos mayores avenidas de Barcelona formando un mosaico con el diseño de la bandera de Catalunya. El éxito fue abrumador y, una vez más, según estimaciones de la Guardia Urbana, la participación de 1,8 millones, volvió a superar la del año anterior.
Con todo, desoyendo el clamor popular, el Gobierno impugnó la Ley de Consultas No Refrendarias y el decreto de convocatoria de la consulta en cuestión; lo que resultó en su suspensión y la imposibilidad de celebrar la consulta de forma legal. Se volvió a intentar mediante un proceso de participación pública que, tras ser objeto de burlas por parte del Partido Popular y el Gobierno del Estado, al cabo de dos semanas y coincidiendo con la detención de 51 cargos electos repartidos por las comunidades autónomas de Valencia, Madrid y Castilla y León, una vez más, se vio impugnado.
Pero esta vez, ya sabemos cómo se resolvió la situación. El Govern siguió adelante con la convocatoria, cuyo operativo se nutría de voluntarios que, libremente, decidían colaborar de forma gratuita y desinteresada. Una vez más, la participación fue multitudinaria. Desafiando las amenazas del Gobierno, más de 2.300.000 personas mayores de 16 años expresaron su opinión.
Cierto que no es una consulta o, ni mucho menos, un referéndum con todas las de la ley. De hecho es la respuesta de un pueblo al que se le niega el derecho a expresarse con la excusa del imperio de la ley porque en España el derecho de autodeterminación no está recogido en la sacrosanta Constitución.
Sin embargo, quienes esto afirman olvidan que en derecho internacional sí se reconoce la autodeterminación por vía pacífica y democrática. Basta con recordar que en Europa, durante los últimos 30 años han aparecido numerosos estados resultantes de la escisión de los antiguos estados surgidos de la Segunda Guerra Mundial. Ejemplo de ello son la escisión de Checoslovaquia en las repúblicas Checa y Eslovaca, la independencia de Eslovenia respecto de Yugoslavia, la independencia acordada de Montenegro respecto de Serbia o el caso paradigmático de las repúblicas bálticas.
Con todo ello quiero decir que la cuestión que se plantea desde Catalunya no tiene nada que ver con los tribunales de justicia y mucho con la voluntad política de llegar a acuerdos que beneficien a ambas partes. El caso más próximo en el tiempo es el referéndum acordado entre Escocia y el Reino Unido. Tampoco en las leyes que componen el corpus constitucional británico se contempla la secesión de una parte del estado, pero británicos y escoceses fueron siempre muy conscientes de que la cuestión era política, no legal, y que, como tal, se tenía que resolver por la vía de la política y la democracia.
En el caso español, el gobierno optó por seguir su política habitual, la judicialización de la política, lo que acaba empobreciendo la calidad democrática del Estado. Poner dificultades para que se celebre un referéndum vinculante y con plenas garantías democráticas no es hacer que triunfe la democracia. Al contrario, es empobrecerla y debilitarla. Si la población no puede expresar su opinión libremente en las urnas, ¿dónde queda el Estado de derecho? Porque las dictaduras también aplican la legislación vigente, pero con el fin de coartar los derechos más fundamentales. Y el derecho a la libre expresión y a la libre opinión es, quizá, el que más caracteriza una democracia de calidad. Todo cuanto impida su ejercicio es, a todas luces, un atentado a los principios más elementales de la convivencia en paz y armonía.

dimarts, 22 de maig del 2012

De futbol i reialesa va la cosa, o no…

Ja fa tres anys, en una final de la Copa del Rei de futbol, van coincidir el F. C. Barcelona i l'Athletic Club de Bilbao. La xiulada a la Marxa Reial va ser tal que els micròfons d'ambient de TVE, que en feia la retransmissió en directe, no van ser capaços de captar-la i es va haver de recórrer a la supressió del so ambient i connectar el reproductor directament a les antenes televisives. Ja aleshores, allò va ser causa d'una forta polèmica i va comportar la destitució del cap d'esports de la cadena de televisió pública estatal.

En els darrers anys, les relacions entre bascos i catalans no acaben de funcionar, però si en alguna cosa coincidim és, precisament, en el nostre "amor incondicional i reverencial" per la corona espanyola. Ens l'estimem tant, el rei, que quan li toquen la musiqueta, el xinta-xinta, uns i altres li engeguem una sobirana (mai tan ben dit) xiulada.

Els atzars del futbol han volgut que enguany es repeteixi aquella final. Athletic Club de Bilbao i F. C. Barcelona tornen a coincidir en tan règia competició. Això ha fet que a can Espanyes es disparin les alarmes. Pobret Felip! S'haurà d'enfrontar a aquella caterva d'independentistes eixelebrats que no són capaços de reconèixer el bé que representa per a ells l'amor maternal que el Regne d'Espanya, la pàtria de tots els espanyols —sempre a la manera castellana, això sí; no sigui cas que la diversitat se'ns indigesti—, que els esprem les butxaques com si fossin llimones i els nega el pa i la sal perquè, ves per on, són uns egoistes que no volen mantenir els altres que sempre han viscut de la rifeta que bascos i, sobretot, catalans els van passant si us plau per força.

I amb tot això, les essències pàtries de l'espanyolisme s'estranyen que a Catalunya i al País Basc l'independentisme creixi a marxes forçades. No els cap al cap que puguem mostrar la nostra disconformitat fent un acte tan ultratjós com xiular quan sona la Marcha real.

Prova de tot això és el nerviosisme amb què Esperanza Aguirre, salvaguarda de les essències hispanes, ha respost a la perspectiva, tot just la perspectiva, que es repeteixin les xiulades de tres anys enrere. Pobre Príncep! Tan jovenet com és, se li ha d'estalviar el mal tràngol de veure com una part important del públic assistent li expressa el seu descontentament i el seu rebuig perquè el podrien traumatitzar de per vida.

Aquesta sortida de to no és altra cosa que una mostra prou evident que alguna cosa els posa nerviosos. Quan algú necessita sortir al pas d'aquesta manera per defensar allò en què creu és perquè hi detecta algun signe de debilitat. Quan ens sentim segurs, res no ens mou a defensar les nostres essències. En canvi, la inseguretat, la feblesa d'allò que fins aleshores havíem cregut ferm i inamovible provoca les reaccions més furibundes contra aquells que identifiquem com els agressors de les nostres creences.

Quan la fera es veu acorralada és quan més violenta es mostra. I aquest és el paperot que ha fet la Sra. Aguirre. D'alguna manera o altra, se sent acorralada. Potser perquè els moviments independentistes català i basc estan agafant embranzida; o potser perquè, amb Rajoy de president del Govern estatal i Ruiz Gallardón de Ministre de Justícia, tots dos els seus eterns rivals, ha acabat adonant-se que, per als seus coreligionaris polítics, ella no passa de ser una figura de segona divisió; o pel fet que se li hagi descobert que es feia trampes al solitari del dèficit pressupostari; o potser per la combinació de tot plegat; el cert és que la seva posició dins del partit i en els safareigs de estatals s'ha vist afeblida i ja no es parla tant d'ella com se n'havia parlat. Per a una personalitat com la seva, que necessita l'omnipresència mediàtica com l'aire que respira això és plat de mal pair; li cal provocar un enrenou i fer certa aquella dita: «Tant li fa que parlin bé o malament de mi, la qüestió és que en parlin».

I a fe que ho ha aconseguit. Si alguna cosa fa córrer rius de tinta als titulars dels diaris i, de retruc, estimula la verbositat dels adversaris és l'exaltació de l'espanyolisme fins a límits que freguen el ridícul, si no la paranoia. Això fa aquesta dona amb les seves declaracions al respecte de la necessitat de suspendre la final de la Copa del Rei de futbol que s'ha de jugar divendres a l'estadi Vicente Calderón i presidirà el príncep Felip perquè, segons comunicat oficial, el rei està convalescent de l'operació de maluc a què es va haver de sotmetre després de trencar-se'l quan va anar a caçar elefants a l'Àfrica acompanyat de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, la seva amiga personal. Quin poc coratge per enfrontar-se al descontent i les reivindicacions  i quin eufemisme per referir-se al que tothom ja sap: que aquesta tal Corinna és per al rei alguna cosa més que amiga!

Per què cal una defensa tan aferrissada de la monarquia? ¿No serà que els darrers escàndols relacionats amb embolics de diners de dubtosa honradesa, d'armes de foc manejades per menors que no tenien l'edat reglamentària, de caceres i de faldilles l'han deixat tan tocada que els seus defensors i partidaris la veuen en greu risc de desaparició, cosa que els suposaria perdre un referent molt important per a ells? Cal amenaçar els qui vulguin protestar dient-los que el que volen fer està tipificat com a delicte penal? On queda la llibertat d'expressió? I, de retruc, com ho encaixa, això, la democràcia? Que potser no va amb els càrrecs de Cap de l'Estat o d'Hereu de la Corona, el risc de rebre les esbroncades d'un poble que n'està tip i fart, de tanta martingala? Personalment, no em fan gens de pena; per això cobren un sou que no és gens desdenyable i que surt dels diners que tots plegats paguem a Hisenda.

diumenge, 15 d’abril del 2012

No n'aprenen…

El país està en crisi. Les retallades campen pels seus dominis i la classe mitjana veu com, un dia sí i l'altre també, es es perd un llençol d'aquells drets que tants esforços li va costar d'aconseguir que se li reconeguessin. Les prestacions socials del pomposament anomenat estat del benestar les passen magres. La partida pressupostària destinada a investigació cau sota mínims. Les infraestructures, tan necessàries per al bon funcionament de l'economia, es queden sense un euro i s'han de posposar.

Per si això no fos poc, els seus gendres ens han regalat amb tota una sèrie de sainets i vodevils que ni els dramaturgs més imaginatius podrien superar. Un, després d'engalipar-li la filla gran, va acabar embolicat en un estira i arronsa de faldilles que no eren les de la seva dona, precisament. Resultat: divorci. Tot un tràngol per a una família tan catòlica com la seva. L'altre gendre ens ha sortit espavilat i tot un murri. Fent servir la posició de la filla petita, s'ha dedicat a escalar graons en l'escalafó social i, gràcies al prestigi que li havia atorgat el seu matrimoni, va aconseguir fer-se amb una bona picossada de diners de procedència pública i de guanys ben dubtosos. De fet, aquí, els engalipats, directament o indirecta, hem sigut tots plegats; perquè la cosa pública és això, pública, de tots.

Però és que la dona de l'engalipador no en sabia res, dels tripijocs del seu marit… ¿De veritat que s'ho creuen, que ens empassem aquesta bola? Si ella és copropietària d'una de les empreses involucrades en la trama, és creïble que no estigués al corrent de les anades i vingudes de diners?

Però és que, a sobre, quan a casa el pare es van assabentar dels negocis del gendre, en lloc de fer-lo passar per l'adreçador, que és el que hauria tocat, van i me l'envien lluny… I ell ho aprofita per engrossir encara més els seus "assumptes"! Clar, amb tanta aigua pel mig, qui ho havia de sospitar que encara hi havia racons tèrbols en l'economia familiar?

Si amb això no n'hi ha prou, els escàndols d'aquesta família ja han començat a esquitxar els més menuts. Ara resulta que el primer nét, aquell que té un nom tan sonor i que va néixer ara fa tretze anys, s'ha ferit el peu amb una escopeta de caça mentre feia pràctiques de punteria a casa del seu pare (aquell gendre que es va divorciar per un embolic de faldilles, us en recordeu?) Això no passaria de ser una anècdota si no fos perquè a casa nostra, l'edat mínima per poder manejar armes de foc, de qualsevol mena, és als catorze anys. És a dir, s'han passat les normes per allò que no sona.

I clar, el patriarca, veient que tothom de casa seva tenia el seu raconet a la galeria de la fama, no ha volgut ser menys. Li ha agafat la dèria d'anar a caçar elefants (ja voldria veure si de veritat els caça o li fan com a aquell que li enganxaven els catxalots a l'ham) a un safari que organitza la seva  "amiga personal". Com qui diu, ningú tret dels més pròxims se n'hauria assabentat. Però el destí, que és tossut com les mules i s'ha entestat a tenir-los sempre al punt de mira dels periodistes, ha volgut que un graó es posés allà on no s'hauria d'haver posat i el presumpte caçador acabés de corcoll i amb una cama trencada. Conseqüència: els ciutadans que pateixen les retallades s'han assabentat que el seu sobirà s'està clavant la gran vida quan, qui més qui menys, tothom va amb els budells a les mans. El caçador ha estat caçat. Justícia poètica, en diuen.

Si és que ja ho diu la dita: On no n'hi ha, no en raja. I a can Borbó, de senderi, poquet, poquet…

dissabte, 18 de juny del 2011

Perdoneu, però algú ho havia de dir!

M'havia promès a mi mateix que no tornaria a abordar la qüestió dels "indignats" i el penós espectacle que, com a país, vam donar al món dimecres passat. Tanmateix, no puc estar-me de dir-hi la meva una altra vegada.

El cas és que la situació s'està enrarint per moments i jo ja no sé què pensar. Per una banda, el Conseller Puig diu, i sembla provat, que entre els manifestants de dimecres hi havia elements que tenien, cito textualment, unes «ganes ferotges de batalla campal» (tot i que no ho puc demostrar, ell també sembla que en tingui una mica de ganes, de batalla). L'oposició li retreu que el dispositiu endegat era escàs i insuficient per a l'escenari que es va trobar. Els "indignats" declaren que no va amb ells la cosa de la violència, que se'n desmarquen. I, finalment, per Internet corren vídeos l'autenticitat dels quals caldria demostrar —tot i que si són falsos estan molt ben fets—, que suposadament desemmascaren uns presumptes mossos infiltrats entre els manifestants que es dedicaven a anar escalfant l'ambient per provocar l'esclat de la violència. Ja ho he dit: No sé què pensar.

Quant a les declaracions del conseller, poca cosa hi ha a dir: fa el paperot que li toca fer. De l'oposició millor que no en parlem; fa quinze dies criticaven l'actuació de la policia per desproporcionada; en canvi dimecres, que es munta un dispositiu més moderat, se'l titlla d'insuficient i es fa retret de la manca d'efectius mobilitzats. Bé, també fan el paperot que els toca fer: criticar a desdir qui els ha fet fora amb una victòria electoral aclaparadora i neta.

Per la seva banda, els "indignats", una vegada més, fan un paper ben galdós. De tan bona fe que gasten són incapaços d'adonar-se que se'ls han afegit tota una caterva d'elements indesitjables que no fan altra cosa que aprofitar qualsevol ocasió per armar mullader i si, de passada, es destrossa algun element del mobiliari urbà o ornamental, fer festa grossa.

Finalment, pel que fa als vídeos penjats a Internet, si es tenen proves fefaents que demostren el recurs a una pràctica tan menyspreable com l'autoagressió per tal de justificar la pròpia reacció violenta adduint defensa pròpia, s'han de presentar al jutge i deixar que la justícia decideixi. En democràcia, on l'imperi de la llei ha d'estar per damunt de tot, ningú, absolutament ningú —ni tan sols les forces de l'ordre— es pot prendre la justícia per la mà. Acusar algú i, sense tenir-ne proves (o tenint-ne, tant li fa), penjar a Internet la seva fotografia o una filmació en què se l'identifiqui amb claredat és característic de països tercermundistes, de pa sucat amb oli, i pot tenir conseqüències del tot imprevisibles que poden anar acompanyades de veritables tragèdies personals i col·lectives.

Dit tot això, crec que s'imposa una reflexió profunda del que ha passat i les seves causes. Ningú està exempt de responsabilitat: uns per no saber reaccionar a temps davant les exigències de respostes que els feia la societat; els altres per pecar d'innocència i esperar que quatre crits i quatre cosses farien que els uns prestarien atenció a les seves demandes; uns tercers que, asseguts, s'estaven a veure-les passar com si amb ells no anés la cosa; i tots plegats per no haver sigut previsors en temps de vaques grasses i no haver-nos preparat per a les vaques magres.

I fixeu-vos que parlo de responsabilitat, no de culpa. Responsables en som tots; culpables, només els instigadors directes de la violència i els que s'hi van deixar arrossegar. Ara que cadascú faci examen de consciència i actuï d'acord amb el que ella li dicti. Això sí, sense trepitjar cap línia vermella que mai hauria de ser trepitjada, ja m'enteneu…

dimecres, 15 de juny del 2011

Però què s'han pensat!

Senzillament, no sé què pretenen els anomenats "indignats". Per una banda demanen més democràcia; però quan es posa en marxa la màxima expressió de la democràcia, el Parlament, barren el pas als diputats adduint que no els representen.

Potser no, que no els representen. Però és que a mi tampoc em representen tots els parlamentaris perquè jo no els he triat tots. Però jo tinc tot el dret d'exigir als polítics, perquè jo he participat en unes eleccions que, si no es demostra el contrari, són del tot legítimes. Molts dels "indignats" no van acudir a les urnes; per tant, es van desentendre d'una democràcia que, per exigua que sigui, continua sent democràcia.

I jo em pregunto: Com pretenen defensar la democràcia si ara com ara estan duent a terme pràctiques antidemocràtiques? Perquè, no ho oblidem, ¿hi pot haver res de més antidemocràtic que impedir als legítims representats dels electors que exerceixin la missió per a la qual han estat elegits, és a dir: debatre i dictar lleis al lloc que és el màxim exponent del poder del poble, que no és altre que el seu Parlament?

Cada dia que passa, aquest moviment va deixant pel camí un parrac més de la seva ja escassa credibilitat. Vaig començar veient-los com l'expressió d'una indignació que compartia amb ells i que, tot i que no ho sembli, continuo sentint. Ara com ara, penso en ells i només veig que elements distorsionadors de la vida pública del país incapaços de fer propostes coherents i madures. Cada cop més, això s'assembla al pati de la meva escola i els primers cursos de la Universitat, on tot s'arreglava en assemblees que s'eternitzaven i mai no duien enlloc.

I és normal, que passi això. Si és que l'adolescència, l'edat en què, tot i ser com criatures, els joves es pensen els més savis del món i que amb quatre bons propòsits ho arreglaran tot, s'ha allargat fins ben entrada la trentena!

Ja està, ja han protestat, ja han fet la seva rabieta i tots ja sabem que estan emprenyats. Ara, que es deixin de galindaines i, si no són capaços de fer res de bo, que deixin fer als que en saben de veritat!

diumenge, 12 de juny del 2011

No! Jo dic no!

Quin tuf més desagradable que em ve al nas quan veig aquesta acampada a plaça Catalunya! Tinc l'estranya sensació que ja he viscut abans aquesta situació.

Em vénen al cap les imatges dels "estudiants" anti-Bolonya al vestíbul i l'escalinata noble del rectorat de la Universitat de Barcelona l'any passat. Primer, potser sí que hi havia gent que s'ho creia, allò de protestar per l'aplicació del Pla Bolonya… Però, després, a mesura que anaven passant els dies, allò cada vegada prenia més el caire d'un campament d'aprofitats i dropos, que és el que, finalment, eren els que van acabar marxant de tan insigne edifici.

Si una cosa s'ha de dir en favor d'aquells, és que no van fer malbé cap dels valuosíssims quadres que hi ha penjats al capdamunt de l'escalinata noble, la que du al Rectorat. Però els trinxeraires de plaça Catalunya no han mostrat cap mena de respecte pels monuments que hi ha. Em va caure l'ànima als peus quan vaig veure la pobra Deessa de Clarà amb el símbol de l'anarquisme tatuat a l'esquena. Probablement, el brètol que hi va estampar la seva ignominiosa signatura desconeixia el valor simbòlic que per a la ciutat té aquesta escultura. Si això ja és trist i deplorable, encara ho seria més si, coneixent-lo —cosa que, d'altra banda dubto profundament—, l'hi hagués estampat igualment.

I aquests es diuen ciutadans? I això pretenen que s'anomeni democràcia? On són tots els signes de civilitat (civilització) que caracteritzen una democràcia com cal? Que em perdonin, però no són dels meus!

dissabte, 28 de maig del 2011

D'acampades i càrregues policials

Tot aquest sidral de les acampades de protesta va estar molt bé quan va començar. Després, de mica en mica, ha anat degenerant en una cosa que ningú sap ben bé què és. La corda s'ha tensat fins que ha arribat un punt que s'ha trencat.

D'entrada, no aprovo la violència gratuïta. Si és veritat que els mossos han carregat de manera indiscriminada i desproporcionada, és reprovable. D'altra banda, els nostres policies (del cos que siguin) reben una formació prou bona com per poder pensar que no responen amb violència si abans no se'ls ha provocat o no se senten acorralats i en perill. I això és el que sembla que ha passat a la Plaça de Catalunya. Sembla ser que, com sempre sol passar, aprofitant una concentració prou gran de persones descontentes amb la situació, els avalotadors de sempre s'han despatxat a gust i han començat a fer de les seves. Ja va passar altres vegades i tornarà a passar.

D'altra banda, tota aquesta moguda em recorda molt el que va passar a la Universitat de Barcelona ara fa cosa d'un any. Coincidint amb un canvi de Rector, quatre eixelebrats, amb l'excusa de protestar per l'aplicació del Pla Bolonya, van prendre possessió del vestíbul i l'escalinata de l'edifici històric i en van fer el seu feu particular. Tant els feia que allà hi haguessin quadres de gran valor cedits en dipòsit pel Museo del Prado: els marcs els servien per lligar-hi els tendals que feien servir per dormir. Finalment, quan van marxar, allò semblava més una cort de porcs que el temple del saber. I, total, per no aconseguir res de res; perquè, a més que el Pla es va aplicar amb tota la seva extensió, no hi havia un discurs coherent; com tampoc hi ha discurs coherent entre els indignats, que si alguna cosa tenen en comú és que no tenen res en comú; perquè, per més assemblees que facin i presumeixin de transversalitat (gran paraula, aquesta), al capdavall són un grup heterogeni i desarticulat.

No seré jo qui demani cap dimissió. Aquesta situació ja feia dies que es veia venir. L'apropiació d'un espai públic només pot acabar de mala manera. Una cosa és protestar durant dos o tres dies —cosa totalment legítima— i una altra de molt diferent és instal·lar-se en la protesta entorpint els quefers d'altri i apropiar-se d'un espai que, per definició, és d'ús comú a tots els ciutadans, protestin o no.

Com ja he dit en alguna altra ocasió, seure a la voravia i plorar no duu enlloc. Si realment volem un canvi ens l'haurem de fabricar nosaltres mateixos. I la millor manera de fer-ho és posant fil a l'agulla i controlant de prop els polítics perquè no facin allò que més els convé a ells, sinó el que nosaltres necessitem; és a dir, l'abstenció és el malbaratament del nostre dret a decidir. Pel sol fet de no votar ja estem prenent un partit: el del tant-se-me'n-fot, una opció ben coherent per qui diu que està tip de l'actual estat de coses.